El mejor consejo de mi madre: defiende a los que amas con pasión
No era muy dada a impartir sabiduría. En cambio, luchaba por mí siempre que más lo necesitaba.
Mamá era una maestra en no dar consejos. En cambio, papá sí que tenía sus perlas de sabiduría. «Si haces algo, hazlo con buen corazón». A mí me sonaba a tópico, pero tenía razón. Y luego estaba su favorita: «Si piensas algo malo de alguien, dilo ahí arriba [señalando su cabeza], pero no en voz alta». Papá era un buen hombre, pero eso me enfurecía.
Mamá desempeñó un papel más importante en mi vida. A menudo tuvo que luchar como una loca por mí: para mantenerme en el colegio cuando le mandé a la mierda a la señora de la cantina a los cinco años (no, no sé de dónde me salió eso); para enfrentarse a los médicos que me tacharon de simulador cuando tuve encefalitis; para que me dejaran volver a la educación convencional después de haber estado tres años sin estudiar, y, por último, para convencer a la Universidad de Leeds de que me admitiera después de haber fastidiado mis exámenes de acceso a la universidad.
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