Cómo es la realidad de las personas trans que deciden interrumpir su hormonación
Cómo es la realidad de las personas trans que deciden interrumpir su hormonación | EL PAÍS Semanal | EL PAÍSIr al contenido____Luisa Arditi20 mar 2026 - 05:30CETCompartir en WhatsappCompartir en FacebookCompartir en TwitterCompartir en BlueskyCompartir en LinkedinCopiar enlaceIr a los comentariosEder Iturralde (Errezil, Gipuzkoa, 25 años) dejó de tomar testosterona hace tres años, tras cuatro de tratamiento. Hoy tiene el pelo muy rubio, ojos claros y barba, uno de los efectos que conserva de la hormonación anterior. Vive con su familia en Baiolei, un hotel rural que administra su madre en la localidad guipuzcoana de Azpeitia.
Durante su adolescencia, dos escenas despertaron su curiosidad por lo trans. La primera fue ver a un hombre embarazado en televisión. La segunda, a través de una búsqueda en YouTube. Se topó con un chico andaluz de 22 años con una experiencia muy cercana a la suya. En ese punto, a sus 17 años, pensó: “Esto es”.
Eder Iturralde sostiene el colgante que le regaló su padre, que durante los primeros años de su transición no lo usaba porque le parecía muy femenino. Ya no le preocupa y lo usa todos los días.Ximena y SergioSitúa el inicio de su transición el día que se lo contó a su hermana. Pidió que lo llamaran Eder y usaran con él pronombres masculinos. A los 18 congeló sus óvulos, comenzó a tomar testosterona, cambió su DNI y se operó el pecho. Probó distintas formas de hormonación, desde un gel diario hasta Reandron, un medicamento inyectable que contiene testosterona y se aplica cada tres meses. Cuando ya lo reconocían como un hombre, empezó a cuestionarse aquello que durante años le había resultado efectivo y suficiente: “Si ya ha hecho su efecto deseado, si ya tengo barba y una voz más grave, ¿por qué me estoy metiendo testosterona? Ya está”.
Se puede ser trans de muchas maneras. Para la mayoría, se trata de operaciones, tratamientos. Tener barba o pechos. La expresión física de una identidad. Pero no es la única vía. Aunque son pocas, algunas personas deciden detener el tratamiento hormonal que les permite desarrollar rasgos asociados al hombre o la mujer. No por arrepentimiento, no por renuncia a su identidad queer, sino por la convicción de que esa identidad se puede explorar más allá de lo médico, más allá de los cánones que ha costado asentar. No atacan ni invalidan esos cánones: su experiencia es suya propia y enriquece lo que entendemos por transexualidad.
Los estudios estiman que quienes dejan la hormonación son hasta el 5% de la comunidad trans. Algunos continúan identificándose con el género elegido y mantienen sus nombres, pronombres y/o apariencia. Al primer proceso —cuando se abandona la identidad elegida—, la medicina lo llama detransición primaria; al segundo —cuando se mantiene la identidad trans pero sin hormonas—, detransición secundaria. Como esa palabra, detransición, se ha convertido en un fetiche tránsfobo, una herramienta para deslegitimar a la comunidad, algunos entrevistados se muestran reacios a usarla. En confianza, la acaban empleando, con su significado real.
Eder y otras tres personas trans nos cuentan cuál fue su camino hasta abandonar los tratamientos hormonales. Lo hicieron en solitario, sin apoyo médico o compartiéndolo apenas con un círculo íntimo. Dan varios motivos: los efectos secundarios, las barreras burocráticas, que la transición no tiene que ver con la apariencia o que tomaron hormonas porque la ley se lo exigía. Eder no ha experimentado los efectos secundarios que temía, como calvicie, daño en los cartílagos o desgaste de encías. Ha asimilado de nuevo la regla y se siente cómodo con su cuerpo. “Ya hemos entendido que puedes ser chico teniendo coño y teniendo la regla”, reflexiona.
Aitzole Araneta, en Vitoria, donde trabaja.Ximena y SergioAitzole Araneta (43 años) trabaja en Vitoria, a unos 70 kilómetros de Baiolei, como técnica en el Gobierno vasco. Se desplaza hasta allí cada día desde San Sebastián. Se define mujer, tiene el cabello largo y suelto y usa un vestido azul claro. No se realizó operaciones y desde hace ocho meses no toma estrógenos ni antiandrógenos. “En mi caso era obvio”, explica. En la adolescencia no conocía a nadie que hubiese iniciado un tratamiento hormonal. Entonces, su vida sexual era inexistente. En el colegio la llamaban “mariquita”. La insultaban, le pegaban. Cuando pensaba en transicionar, su miedo, que además coincidía con la estadística, era acabar en las drogas o la prostitución.
Conjuró ese temor con una obsesión por su formación. Se licenció en Administración y Dirección de Empresas y cursó dos másteres. A los 21 años comenzó un tratamiento hormonal con estrógenos y antiandrógenos.
—¿Qué recuerdo feliz tiene de aquella etapa?
—Cuando me acosté por primera vez con alguien, a los 24, y no me trató en masculino. Si te estás acostando con alguien y te trata como mujer… Pues con eso ya está.
Aitzole Araneta muestra 'El enigma', de Jan Morris, un libro que fue importante en su transición. Ximena
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